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Cuando los angeles caen del cielo (Priv. Noelle)

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Cuando los angeles caen del cielo (Priv. Noelle)

Mensaje por Azael Seirim el Miér Jul 20, 2016 10:19 pm

El peliblanco era la definición perfecta de un nómada. Se vivía viajando de lado a lado, de ciudad en ciudad, de país en país. Comía lo que conseguía, muchas veces alimentos que solo agarraba para irse alejando, sin que nadie le notara, o se diera cuenta, después de todo el no comprendía lo que era robar, tampoco una propiedad o el dinero. Se manejaba como un ente en continuo movimiento, esa forma tan natural de actuar, como si fuera un flujo de aire o la corriente de un rio, algo que solo estaba ahí y pasaba al instante. Ese era posiblemente el por qué podía viajar tanto sin dinero, moviéndose de forma continua, solo avanzando. Asi había llegado a esa ciudad.

Había tomado un autobús, subiéndose solo detrás de otra persona, el chofer se fijó en la extravagante cabellera del joven, pero ni siquiera considero que no le había recibido el boleto, solo paso a por otro. DE ese autobús había caminado algunas horas, hasta llegar a un puerto. Ahí subió a un crucero, desde la zona de equipaje. Subió al lado de algunas maletas de forma tan natural que nadie se dio cuenta, una vez arriba ni siquiera cuestionaron su presencia, una educada dama mayor le ofreció alojamiento, a aquel joven apuesto y amable que mostraba un vacío casi hipnótico en aquellos ojos perlados. La vieja anciana solo quiso su compañía y contar sus viejas historias, cosa que a Azael no le resulto ningún inconveniente, escuchándola atento mientras compartían una taza de té y unas galletas. Algunos días de agua caliente en una ducha limpia, de buffet en las tardes y almuerzos en las noches habían sido un bonus, aunque nada de eso había sido propósito de Azael, solo algo que había sucedido, que el había aceptado como natural, como todo en su vida sin recuerdos ni memorias.

Cuando bajo del crucero, se despidió de la amable señora, y solo algunos cuantos carros por la carretera le habían llevado hasta el desierto, donde se paseó tal cual aspecto durante varias horas, sin ser afectado por el calor o por el sol, apenas sudando un poco en todo su trayecto, algo que siempre había sido natural en él, sin importar el calor o el frio, el apenas la sentía, o le afectaba, sabía que era algo raro, porque mientras él estaba fresco, veía a muchas personas que en las mismas condiciones parecían sufrir producto del clima.

Finalmente, había entrado a la ciudad en medio del desierto, cambiando la caliente arena bajo sus pis por la grava y el concreto. Las calles parecían algo transitadas, mientras veía un sinfín de diferentes rasgos raciales, de atuendos y acentos, una gran variedad de idiomas que, de alguna forma, el conocía perfectamente. En el transcurso de su andar por las calles, logro entender que en esos momentos los turistas habían arribado en la ciudad, debía ser época vacacional y la ciudad de los muertos, el epicentro del poder político del mundo, era siempre un lugar de gran interés, con las armas y los técnicos dando algunos espectáculos por las calles, con los puestos y tiendas rusticas adornando las calles, y con Shibusen, aquella enorme escuela/castillo, adornando el centro de la ciudad, alzándose incomparable y poderosa como si fuera el centro del mundo, sin estar demasiado lejos de la verdad.
A Azael nada eso le importaba. No entendía por qué la gente estaba ahí, sabía que eran turistas porque con sus viajes podía identificar su espíritu animado y curioso, la forma en que vestían de manera discorde con la población local y como siempre tomaban foto, preguntaban precios de objetos raros, o se mostraban maravillados por los edificios o esculturas. Para el solo era mucha gente paseando distraídas, bloqueando cualquier punto de visión. El necesitaba poder guiarse, no quería perderse, asi que necesitaba poder ver las calles de mejor manera. Al alzar la vista encontró una posible solución, un edificio de varias plantas, con un callejo al lado. Alzándose de dicho callejón, una escalera de incendios.

El hierro del que estaban hechas era duro, algo resbaladizo, tal vez hubiera llovido el dia anterior y el frio del callejón seguro mantenía esa sensación. Por suerte no hubo peligro en que se resbalara o tropezara, logrando llegar a la cima del edificio, después de contar 7 pisos en su subida. Desde la cima, logro mirar mejor las calles, las personas paseando, el laberintico cruce de calles y edificios, con sus callejones y parques. La ciudad era como un intrincado mapa, inundado de los puntos de colores que eran cada individuo que paseaba. Los ojos platinados del joven albino se mantenían fijos, mientras buscaba… Sin saber que buscar. Siempre buscaba, nunca sabía qué, pero sabía que buscaba algo.


-¿Uhm…?-Sus ojos platinados se fijaron en Shibusen, las calaveras y picos que adornaban su edificio captaron su atención, aun a tanta distancia. Era un edificio curioso, no era como los demás que había visto, eso lo hacía curioso, pero nada evocaba en su mente, nada parecía indicar que le ayudara a entender algo. Fue otra cosa, mucho más sencilla, mucho más común, lo que causo un escalofrió en su cuerpo, desde los dedos de los pies hasta la punta de la cabeza.

Fue una brisa, una brisa de viento fresco por la altura en la que estaba. Sin darse cuenta, se había acercado al borde del tejado, para ver mejor el edificio de la muerte a la distancia. La punta de sus pies rebasaban el límite de lo seguro, pero sin ser un riesgo, no había probabilidad de que cayera solo era posible que lo empujaran, aun asi… El viento removía sus ropas, arrugándolas y causando se agitaran, el roce contra su cuerpo cómodo, casi hipnótico, aquella sensación causaba en él un sentimiento único, seguramente el mismo que causaría a un bebe el latir del corazón de su madre, o el de una persona flotando libremente en el agua, con el sol acariciando su rostro. Era como sentir la base más profunda de su naturaleza vibrar, de salir a relucir a la superficie. Un recuerdo llego a su mente, por primera vez en mucho tiempo, las nubes blancas y espesas, cientos y miles en todas direcciones, debajo de sus pies, alrededor de su cuerpo, con el sol tan cerca que parecía capaz de tocarle con extender su mano. Alzo la vista al cielo, mirando la risa macabra del sol, observándole con una casi añoranza, como se vería a un viejo amigo del otro lado de la calle. Extendió la mano, ¿Sería capaz de tocarle? Ante sus ojos el sol parecía crecer, acercarse, quedar tan cerca como en su visión, en su recuerdo. Dio un paso más, para lograr alcanzarlo; y finalmente cayo al vacío.


-

-

-

-Ah…-Sus ojos estaban bien abiertos, mientras notaba un extraño peso sobre su cabeza. Alzo su mano para tocarse la frente, descubriendo un tacto duro y liso, sujetando con algo de fuerza para quitarse de encima la media sandia que había acabado como un casco sobre la cabeza. Un olor algo molesto llego a su nariz, arrugándola mientras sentía el tacto plástico y duro debajo de su cuerpo. Las bolsas negras le rodeaban como antes hicieran las nubes en su mente, pero en lugar de ozono olía a coctel de frutas y leche pasada. Miro a lo lejos como huía el gato cuyo grito debió ser el que escucho cuando se estrelló con fuerza en aquel basurero. Se agito un poco y toco el borde, para tratar de esa manera de salir, mirando el extremo del callejón en el que estaba, conectando a una iluminada avenida. La gente seguía pasando, ajena a que un ángel había caído a la tierra.
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Azael Seirim
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Re: Cuando los angeles caen del cielo (Priv. Noelle)

Mensaje por Noelle Beaumont el Jue Jul 21, 2016 8:57 pm

Algo de tiempo ya había pasado desde que el espíritu de aquella joven y aparente marinera llegó a la famosa ciudad de los muertos, donde se había quedado por el gran interés que la causó, acostumbrándose a vivir ahí, adaptándose poco a poco al lugar. No se podía decir que lo pasaba mal, realmente encontraba de vez en cuando alguna manera de entretenerse, sin embargo, no podía evitar sufrir su soledad, después de todo ¿quién se haría amigo de un "fantasma"? Debía admitirlo, se sentía pésimo pero tenía que afrontarlo de algún modo, o terminaría convirtiéndose en la nueva versión de la llorona. Había veces en las que salía de ese territorio, solo para pasar el tiempo, se acercaba al mar más cercano y exploraba sus profundidades, ya que no tenía límites que le impidieran hacerlo.

Mantenía los ojos cerrados, mas era imposible para ella quedarse dormida, lo hacía más que nada por mera costumbre, sintiendo que descansaba para olvidarse de todo lo malo, dejándose llevar por sus pensamientos, su imaginación. Acostada en el suelo y apoyándose en un árbol, no movía ni una parte de su cuerpo a la vez que escuchaba el flujo de la ciudad; las personas pasando a lo lejos, algunos vehículos recorriendo las calles, incluso los animales como el gato que se le acercó. Abrió los ojos inmediatamente al escucharlo a tan poca distancia, parecía revolcarse en la hierba junto a ella, cosa que le divirtió tan solo verlo. Se sentó para observarle mejor, no tenía nada mejor que hacer, mantenía la transparencia de su cuerpo de tal forma que pareciera una persona más.

Por reflejo, quiso acercar una mano al animal para acariciarle, cosa que obviamente no podría realizar, por lo que se arrepintió, retirando su brazo. La tristeza volvió inmediatamente a ella después de ese instante, haciendo que soltara un suspiro de resignación, intentando no deprimirse, siendo esta una faceta que no mostraría a ningún ser vivo con inteligencia, a menos que se le forzara a hacerlo. De repente, el felino comenzó a moverse, alejándose de ella, para seguir con su día. Noelle le miró sin querer moverse, nada más siguiendo su trayectoria con la vista, hasta que dio un salto para levantarse y seguirle, corriendo para no levantar sospechas entre la gente que pudiera encontrarse.

El gato paseaba por los callejones, por el momento no hacía nada que le obligara a movilizarse como lo hacía normalmente, podía aparentar ser una persona común y corriente. Pero ¿es que acaso se le olvidaba este detalle? ¿era común ver a una persona con traje de marinero? Para nada, sería algo tonta pero eso sí que lo tenía en cuenta, le comenzó a dar igual el hecho de que le miraran tanto, simplemente ignoraba cualquier gesto indirecto hacia ella. Para su mala suerte, el gato comenzaba a cruzar caminos más complicados, como sería el trepar techos, lo que le obligó a meterse en un callejón para cambiar su transparencia, logrando que no fuera vista por la mayoría de las personas, más que nada para no armar un escándalo.

Levitaba entre edificios, los cruzaba sin problemas, todo con tal de seguir a su nuevo y supuesto amigo, porque, nuevamente, no tenía nada mejor que hacer. Sin embargo, le bastó solo distraerse un momento para perderle de vista, se acercó a la avenida para ver si podía encontrarle desde el aire, pues anteriormente estaban en un callejón. Como no podía encontrar su ubicación, dedujo que se habría escondido en otro callejón o algo por el estilo, pues no le veía capaz de atreverse a entrar por la ventana abierta de cualquier edificación. Estaba por comenzar a buscarlo de nuevo, hasta que lo escuchó, el grito de un gato no muy lejos de ahí. Inmediatamente se dirigió hasta un callejón cercano, en el que pudo ver al gato alejarse. Esta vez no le siguió, pues otro ser llamó su atención.

- Dios mío... - Le impresionaba demasiado, nada más el verlo, una persona que parecía ser tan pura por el simple hecho de tener tanto color blanco en él, a excepción de la basura que le rodeaba. Parecía haber caído en ese lugar, sin embargo se estaba moviendo, lo que le dejó deducir que no habría sufrido un gran daño del accidente que, probablemente, había tenido. Recordó en ese segundo haber oído otro ruido extraño aparte del gato, lo que le hizo mirar hacia arriba, en dirección al techo de los edificios que habían, su imaginación hizo el resto. Era obvio que se trataba de una persona en apuros, aunque no le veía molesto por la situación, se debatió en su interior si debería interferir o no.

Sabía que realmente no era de su incumbencia, tampoco le traería algún beneficio, o eso suponía. Pero la curiosidad pudo con ella, escondiéndose atrás de unas cajas para volverse completamente visible, sin revelarse de inmediato ante esa persona. ¿Qué idioma hablará? Fue uno de sus pensamientos, antes de realizar cualquier acto, tenía conocimiento de que en la ciudad había gente de todas partes del mundo. Se decidió por hablar el común de la localidad, tenía más probabilidades de acertar así. Procedió a acercarse, desde atrás de su escondite, para verle directamente, con un rostro prácticamente neutral y a la vez tranquilo, claramente fingido. - Esto... ¿te encuentras bien? - Fue lo único que se le ocurrió al momento, y por poco le tendía la mano para ayudarle a levantarse, mas logró contenerse a tiempo recordando lo que ocurriría si lo intentaba.
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Re: Cuando los angeles caen del cielo (Priv. Noelle)

Mensaje por Azael Seirim el Vie Jul 22, 2016 2:37 pm

Era de cierta manera agradable, las bolsas de basura se amoldaban como si fueran ergonómicas, si ignoraba la sensación de las latas o pedazos duros de gruta que había dentro, inclusive pudiera resultar cómodo. Bueno, al menos lo seria si el olor no resultara progresivamente molesto y desagradable en su sensible nariz. En esos momentos pensaba poder entender porque los vagabundos frecuentaban esos lugares, posiblemente luego de acostumbrarse al olor y a la alta tasa de probabilidad de enfermarse producto de un hongo o infección, pudiera resultar acogedor ante la falta de recursos y la necesidad de comodidad y protección. Pero el peliblanco en esos instantes no necesitaba nada de ello, y aunque era imposible que pescara una infección o germen (nunca se enfermaba, jamás) no quería que el olor quedara impregnado en su ropa, aquella camisa blanca de botones que tenía y el pantalón beige con zapatos que portaba, eran regalos de la anciana del crucero, prefería que durasen un poco más antes de desecharlo.

-¿Uhm…?-El rostro perfilado de Azael se giró mientras sus irises perladas buscaban a la fuente de la pregunta. No vio nada en primera instancia, las laterales del contenedor de basura eran altas y bloqueaban su visión. Se apoyó en sus manos y con ello se puso de pie de forma algo precaria entre el montón de basura, su cuerpo alto y delgado le permitió pasar con facilidad el límite de las paredes del metálico rectángulo para desperdicios y ver a quien había originado esa pregunta, pestañeando un poco-Oh… ¿Acabe cerca del mar? Pensé estaba en un desierto…-

El origen de su pregunta no era totalmente injustificado, después de todo la chica de pie en el callejón portaba un curioso traje de marinera, como si estuviera lista para tomar un barco o un velero y dar una vuelta por el muelle. Aun asi, la pregunta era totalmente ridícula para alguien normal, quien pensaría la chica tenia gusto por esa ropa o se había disfrazado por algún motivo, tal vez alguna obra de teatro o era el uniforme de algún negocio relacionado con los barcos. Pero el peliblanco desconocía demasiadas cosas, más bien no las recordaba, y su mente siempre tomaba todo muy literal sin pensarlo demasiado, eligiendo de esa manera la respuesta más sencilla para el en ese momento.-Si estamos en américa aun… El más cercano es el océano pacifico… ¿Tal vez los muelles de Santa Barbara?-Y ahí de nuevo, su mente parecía reconocer un lugar del que no tenía memoria de haber estado, como si un gps estuviera incrustado en su cabeza, pero que funcionara de forma intermitente, durante un instante daba un chispazo de información y al siguiente se apagaba llevándose todo rastro de claridad. El peliblanco toco su frente tratando de descubrir como sabia sobre ese lugar, y que era el más cercano que había a Nevada, el estado donde estaban, pero nada vino a su mente causando asi un suspiro de resignación, poniéndose de pie y saliendo del basurero.-Ah… Sí, estoy bien, muchas gracias, señorita…-

El peliblanco se había olvidado casi por completo de que la chica había inquirido sobre su estado físico, observándola curioso por su vestimenta. Alzo la vista para ver si podía ver el mar desde la boca del callejón, pero un golpe de realidad le llego al ver a los mismos transe cuentes, el fuerte sol y sus ropas cómodas y veraniegas, pero no hechas para la playa, si no para pasear por una ciudad calurosa. Reconoció igual los mismos edificios que había visto antes de caer en picada hacia el contenedor, y pudo deducir que aún se encontraban en el mismo lugar, en el desierto de nevada. Pestañeo un par de veces confuso ante esa revelación, bajando la mirada para ver a la pequeña marinerita-Hum… ¿No estamos cerca de la costa… verdad? Entonces… ¿Estas perdida?-Y ahí, de nuevo no se le ocurrió pensar en otra cosa que no fuera que la joven se hubiera extraviado de alguna forma camino a su barco y hubiera terminado en mitad del desierto. Su modo de pensar rallaba en una infantil incoherencia, sus suposiciones imposibles para alguien quien pensara racionalmente, pero el mismo juraría que hacía unos instantes sentía como si el sol se acercara para que pudiera tocarle, evocando algún recuerdo antiguo. Alguna persona pudiera tacharlo de loco, cuando todo lo que pasaba es que se encontraba perdido, su falta de recuerdos mermando su modo de pensar coherente.
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Re: Cuando los angeles caen del cielo (Priv. Noelle)

Mensaje por Noelle Beaumont el Mar Jul 26, 2016 1:23 am

Después de pronunciar su pregunta, escuchó la voz de la persona que había encontrado, quien se levantó unos segundos después, mostrándose completamente. La diferencia de altura era mucha, o al menos eso sentía ahora que debía mantener los pies en el suelo en lugar de levitar hasta donde se sintiera cómoda para establecer una conversación. Tenía que dirigir la vista hacia arriba, tratando de disimular la expresión de sorpresa que le provocaba el verlo, si es que nunca antes había visto a alguien que pareciera irradiar tanta pureza. No sabía de qué otra forma reaccionar, no podía realizar ningún gesto más, hasta que escuchó su primera pregunta. Al comienzo no entendió del todo lo que quiso decirle, mas después de pensarlo unos segundos, cayó en que su vestimenta podía transmitir la idea de que estaba a punto de irse a navegar por ahí.

- Sí, bueno... - Miró hacia un lado, tratando de buscar una explicación normal para entregarle, después de todo, no sería indicado ir revelando tan tranquilamente que era un espíritu y que debía permanecer con esa ropa porque, simplemente, no podía cambiarla, e incluso si pudiera, no tenía otra. Gracias a lo que él le comentaba, recordó que se encontraban en América, detalle del que nunca se habría dado cuenta si no fuera porque a cada lugar al que iba trataba de averiguar en dónde estaba, después de todo, simplemente viajando por ahí no se daba cuenta cuando traspasaba ciertas fronteras ni hacia que dirección se dirigía, tampoco es que supiera de tanta geografía, apenas podía ubicarse bien en su ciudad cuando estaba viva. Tenía dudas sobre cómo responderle, no parecía una persona común y corriente, definitivamente había algo distinto en él.

Tardó un poco pero le respondió la primera pregunta que le hizo, mencionó que se encontraba en buen estado y, aún así, para ella, cualquiera que cayera desde tal altura debería salir al menos con algún hueso roto. Sin embargo, se asomó hacia las bolsas de basura, suponiendo que le habían amortiguado el golpe que podría haberse dado de no ser por ellas. Notando como el de cabellos albinos intentaba mirar hacia la salida del callejón, simplemente le observó sin decir nada, hasta que escuchó otra pregunta por su parte, haciéndole entrecerrar los ojos algo confusa y, probablemente, un poco molesta. - Si te soy sincera, tú pareces más perdido que yo. - Al menos se había dado cuenta de que estaban en la ciudad de los muertos y de ahí no se habían movido, o eso quería pensar.

Suspiró, tranquilizándose un poco antes de continuar hablándole, sin saber realmente qué comentarle, ¿en qué momento se le había ocurrido socializar? y más en el estado en el que se encontraba, sin vida. - Esta ropa, pues... me dirijo a una fiesta de disfraces. - Fue la mejor excusa que se le ocurrió, pues sabía que un humano normal no llevaría por ahí ropa de marinero si no fuera uno, y no quería quedar como la chica extraña que se cualquiera se encontraba por la calle. No estaba muy convencida de su mentira, pero no podía corregirse después de haberla dicho, por lo que simplemente negó para cambiar el tema rápidamente, se estaba angustiando un poco ya que, si bien en vida se le hacía difícil socializar correctamente, ahora era mucho peor pues debía fingir que no estaba muerta. - ¿Seguro que estás bien? Pude ver como un gato salía corriendo de aquí, me imagino que se habrá asustado de tu... ¿caída? - Lo último iba en tono de pregunta, pues lo de la caída solo era una suposición para ella y él no había confirmado ese hecho.

Esperando la respuesta, un pensamiento se le vino a la mente, como si su comentario pudiera ser malinterpretado, haciéndole darse cuenta que, probablemente, él podía hacerse la idea de que ella lo estaba vigilando. Inmediatamente, con una expresión de desesperación por encontrar las palabras adecuadas y apresurarse por explicar, volvió a hablar. - N-No es que te estuviera siguiendo, más bien estaba buscando al gato... - Intentando hacerse la chica ruda, desvió la mirada frunciendo el ceño y procurando mantenerse con una postura firme. - Tengo cosas más importantes que hacer, pero ver una persona en apuros me detuvo, si no fuera por eso, no te habría prestado atención. - Mentira. Lo que le llamó la atención en un principio era la apariencia de la persona que tenía frente a ella, lo segundo que le vino a la cabeza fue lo del accidente.

- De todas formas... - Mencionó un poco más calmada, dejando el lado semi-arrogante que permanecía en ella desde que era una humana común y corriente, mirando hacia el suelo y luego volviendo a dirigir la vista hacia arriba, observándole directamente a los ojos. - Mi nombre es Noelle, ¿y el tuyo? - Eso era justamente lo primero que se hacía la intentar establecer una conversación con alguien que no se conocía, cosa que recordó algo tarde, después de todo, la situación en la que lo encontró no dejaba espacio para presentaciones, precisamente. No quiso dar su apellido tan pronto, no se sentía para nada en confianza para hacerlo. Sabía a lo que se arriesgaba intentando hablar con alguien mientras fingía ser una persona normal, pero aún así lo hacía, esa imprudencia le traía serias consecuencias, aunque ¿quién sabe si también podía traerle cosas buenas?
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