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Mensaje por Henrietta Schmidt el Dom Mayo 17, 2015 6:08 am


Desde que tenía el equilibrio y la fuerza suficientes para sujetar una espada sin caerse de culo al suelo, a Henrietta le habían enseñado que aquellas eran las armas más honorables sobre la Tierra. Una pelea de caballeros no se hacía con ballestas, hoces o cuchillos, sino con espadas. Posiblemente era por eso mismo que nuestra muchacha sólo se sentía por completo satisfecha cuando entrenaba o peleaba con una de ellas. Disparar era fácil, era de cobardes.

Y le dolía tanto admitir lo útiles que eran. La barbarie humana (de la que la pelinegra se sentía tan alejada), aquella tendencia de los hombres que les movía a matarse entre ellos había conseguido perfeccionar pocas cosas tanto como las armas. Tan precisas, tan ligeras. Maldita sea, si hasta llevaba un par de pistolas encima cargadas y apenas las notaba. ¿No la estaría mirando todo el mundo si en vez de aquellas sutiles armas colgada a su espalda llevara un espadón más alto que ella?  Es decir... De acuerdo, si hubiera alguien en la calle a su lado, seguramente miraría también, pero seguro que menos, se dijo, sería menos llamativa.

Suspiró para sus adentros, desechando aquellos pensamientos. Estaba en una de las pocas ciudades donde no te paraba la policía por ir armado, no podía protestar. Además, las armas de fuego no le gustaban, pero las usaba, mucho. Por todos los demonios y brujas, sabía de sobra que tenía más de las que necesitaba. Y hasta que consiguiera un Arma, se veía en la obligación de acudir a todo lo que estuviera a su alcance para hacer su trabajo.

Para defenderse.

Por eso, cuando sintió que la seguían, a pesar de lo vacías que parecían estar las calles de Death City y a pesar de lo tarde que era, en el preciso instante en que se percibió con una compañía que no había pedido, retiró el seguro de una de las Glock 19 que llevaba pegadas al pecho. ¿Importaba siquiera lo mal escondidas que estaban aquellas armas? Con su camisa blanca sin mangas y su pantaloncito negro, pocos utensilios podían llamar la atención… Más si no se hacía nada por ocultarlos. Quizá el cuchillo de la suela de sus botas negras fuera el más sutil de todos.

Apenas unos segundos después se giró. ¿Qué sería? Surgió la pregunta en su mente ¿Un humano? ¿Un curioso?  Ladeó apenas la cabeza ¿Quizá algo más? No tardaría mucho en saberlo. En menos de un segundo tomó con ambas manos la pistola, que ya había sacado de su funda, terminó de dar media vuelta y apretó el gatillo apuntando al asfalto.

Y sin palabras dejó su primera y única advertencia.


Última edición por Henrietta Schmidt el Mar Mayo 19, 2015 2:41 pm, editado 1 vez
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Re: The littlest, the tallest and the shoot up. [priv.]

Mensaje por naicol el Lun Mayo 18, 2015 4:45 am

Como era común Naicol se dio su pase nocturno por la ciudad de Death City en busca de incautos que no fueron lo suficientemente precavidos como para quedarse en casa, como era normal tubo que escalar las tortuosas murallas para poder colarse en la ciudad debido a su lealtad opuesta a la ciudad y una buena merecida reputación de chiflado y asesino sanguinario. Su paseo empezó por la parte baja de la ciudad, hoy le apetecía subir un poco haber que podía llevarse por delante. Después de pasear por los oscuros callejones truncados por la luz que fluía hasta el inicio de esto desde las farolas de la calle. Ollo unos pasos y se puso contra la esquina del final del callejón. Por el centro de la calle una pequeña joven merodeaba. Pensó que podría ser divertido tapizar el asfalto de rojo con su sangre y decorar las farolas con guirnaldas de  tripas, como hizo con aquel cura que pensó que estaba poseído. Con un ademan de carcajeo silencioso se escabullo por el siguiente callejón. Al pasar de callejón en callejón pudo ver a una muchacha joven de pelo moreno menuda, que poseía un aspecto de una pequeña muchachita que avía perdido de vista a sus padres, que caminaba sola por la calle. Como se suele decir las apariencias engaña, de entre las pequeñas ropas de la joven asomaban las culatas de armas de gran calibre, Naicol sabia que se tenia que alejar de las armas empuñadas por otra gente, pero le atraía la idea de ver la cara de desesperación de ver como al recibir el primer tiro no se quedaba muy mal, sabia que podía llegar a morir pero la posesión de la sangre negra le impulsaba a la temeridad. Escalo el edificio que tenia a su espalda y la siguió por encima hasta la esquina de la calle, llagado ha este punto bajo por la fachada del edificio y la siguió sin ningún repara en preservar el sigilo. Al cabo de un rato se ollo un clic y tras ver girarse a la muchacha una explosión afloro de uno de aquellos cañones mal intencionados y vio un proyectil aterrizo en el suelo, mientras por precaución dio un mortal hacia atrás en motivo de esquivar un posible tiro mortal en el pecho, por suerte solo fue un tiro de aviso. Una vez volvió a tener contacto con el suelo. Comenzó a acercarse a al muchacha con el cuerpo inclinado hacia delante y una sonrisa perturbadora en su tez.
-Vaya que ara una chica como tu por un sitio como este, ha estas horas de la noche y con esos juguetes tan peligrosos. Haber si voy a tener que ponerte de cara a la pared o quizás castigarte a la cama, bueno seguro que un par de cortes en el abdomen servirán para comenzar la obra de arte, tranquila no soy cirujano pero  he practicado con el cuerpo de algún  psiquiatra vivo supongo que gritaras igual o mas que ellos, sin embargo fiándome de la gente no acabe así-soltó una carcajada siniestra que hizo que se le retorciera la cara, transformo los brazos en hojas de espada y se lanzo a por la muchacha.
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